El líder sudafricano es, en definitiva, el político más admirado, querido, importante y decisivo del siglo XX. Como señala el periodista Jaime Cordero Cabrera, Mandela fue un gran idealista que luchó con ese terrible flagelo de la humanidad que es el racismo. Mandela supo combinar sus sólidas convicciones con gran astucia política y una necesaria dosis de pragmatismo. Razones para vengarse no le faltaban, luego de 27 años de prisión, pero Madiba fue suficientemente realista para comprender que lo más viable para su país pasaba por encontrar una solución concertada entre la inmensa mayoría negra y la pequeña pero poderosa minoría blanca.
Luego de estar a punto de morir ahorcado, pues le conmutaron la pena por cadena perpetua, en 1994 se convirtió en el primer presidente negro de Sudáfrica. Aquella era la oportunidad que muchos de sus compatriotas esperaban para ajustar cuentas con los opresores blancos, pero eso no ocurrió pues no cedió a esa tentación. Tampoco le mareó el poder y, por el contrario, siempre buscó la reconciliación.
Como lo señala Mario Vargas Llosa, el estadista sudafricano transformó la historia de su país y demostró con su inteligencia, destreza, honestidad y valentía, que en el campo de la política a veces los milagros son posibles. Mandela llegó la prisión de Roben Island en 1964 para cumplir una pena de cadena perpetua, donde estuvo confinado en una minúscula celda, durmiendo sobre una estera y comiendo un potaje de maíz tres veces al día; además de la imposición de mudez obligatoria, media hora de visitas cada seis meses y el derecho de recibir y escribir solo dos cartas por año, en las que no debía mencionarse la política ni la actualidad.
En vez de suicidarse o enloquecerse, revisó sus propias ideas e ideales, hizo una autocrítica radical de sus convicciones y alcanzó aquella serenidad y sabiduría que guiarían todas sus iniciativas políticas. Es así que se convenció de que el régimen racista y totalitario solo sería derrotado mediante la concertación, es decir, a través de medios pacíficos, buscando una negociación con los dirigentes de la minoría blanca a la que había que persuadir de que permaneciera en el país porque la convivencia entre las dos comunidades era posible y necesaria, cuando Sudáfrica fuera una democracia gobernada por la mayoría negra.
Cuando Mandela subió al poder su popularidad en Sudáfrica era indescriptible y tan grande en la comunidad negra como en la blanca. Pero Mandela siguió siendo el hombre sencillo, austero y honesto de antaño, y ante la sorpresa de todo el mundo se negó a permanecer en el poder, a pesar de que sus compatriotas le pedían. Se retiró y fue a pasar sus últimos años en la aldea indígena de donde era oriunda su familia.
Como bien apunta Mario Vargas Llosa, Mandela es el mejor ejemplo de que la política no es solo ese quehacer sucio y mediocre que cree tanta gente, que sirve a pillos para enriquecerse y a los vagos para sobrevivir sin hacer nada; sino una actividad que puede también mejorar la vida, reemplazar el fanatismo por la tolerancia, el odio por la solidaridad, la injusticia por la justicia, el egoísmo por el bien común, y que hay políticos, como el estadista sudafricano, que dejan su país y el mundo mucho mejor de cómo lo encontraron.
Mandela es un hombre monumental, casi un Ghandi que llegó al siglo XXITal como afirma el politólogo Steve Levitsky, “podría ser visto como el padre de la democracia africana”. Pudo haber apelado a la venganza, pero optó por la reconciliación; fácilmente habría creado el culto a su personalidad, pero quiso la modestia. Por su fuera poco, no quiso perpetuarse en el poder, como tantos caudillos africanos o latinoamericanos, que se atornillan en las presidencias. Apenas gobernó de 1994 a 1999 y luego dejó, sin desesperarse, que eligieran a otros líderes.
Además, Mandela fue uno de los grandes referentes en la lucha contra el sida, que asolaba a su país y al continente africano. Gracias a su decisión, logró hacer que la lucha contra esta enfermedad ganara terreno en Sudáfrica y en todo el continente negro, para dar paso a una mayor presencia de la Organización Mundial de la Salud.
La onda generosa de su figura incluso llegó al Perú, pues la Comisión de la Verdad y la Reconciliación de su país, inspiró algunas de las rutas seguidas por la CVR peruana. La presidió el arzobispo anglicano Desmond Tutu, otro líder de la lucha contra el apartheid, y su informe fue lo más justo y ecuánime posible. ¿Qué será de nuestra especie cuando Mandela ya no esté? Stengel sostiene que quizás sea “el último héroe puro que queda en el mundo, no porque sea perfecto, sino porque su legado es complejo, enorme, generoso al fin”. Por encima de la pequeñez política, la ambición desmedida y el desprecio social, algo por lo que él luchó con todas sus fuerzas, su imaginación y sus canas.|
El periodista Antonio Mateus en su libro “Mandela-The Making of a Man” señala que “él es un hombre tan hermoso como complejo, tan lleno de contradicciones como de reconciliación; pero sobre todo, es un hombre con la habilidad de reconstruirse”. Tan importante es su presencia en el mundo que la Organización de las Naciones Unidas decidió declarar su cumpleaños (18 de julio) como el Día Internacional Nelson Mandela. Nunca antes le habían dedicado un día a un hombre; y no es que éste sea sobrehumano: son justamente sus errores y cambios de rumbo los que lo hicieron especial.
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